
Todas las personas conocemos París. Es una afirmación que muchos calificarían de, por lo menos, equivocada y, en el peor de los casos, un disparate. Sin embargo, París se erige en lo más profundo de nuestro cerebro como un concepto abstracto, un sueño que todos hemos tenido alguna vez. Sabemos de sus cafés, de su historia, sus museos, su ambiente propicio para el amor, sus calles bajo la lluvia… Todos conocemos París. De ahí que cuando alguien menciona “la ciudad de las luces” sabemos de qué hablan. Por ello, ahora que estamos instalados en el mes del amor, queremos compartir con ustedes el origen del apodo más famoso de la bella capital francesa: la ville lumière.

Una afortunada, pero errónea, suposición
Es bien sabido que históricamente París ha sido uno de los focos académicos, científicos y culturales más importantes de Europa desde tiempos medievales. Ya en 1500, la ciudad era uno de los centros góticos y renacentistas reconocidos de la época, solo precedido por la misma Constantinopla, y contaba con casi 185 mil parisinos, un número considerable de habitantes en comparación con otras ciudades europeas.
Además, dado que tenía una de las universidades más antiguas de Europa, La Sorbona, fue hogar de pensadores ilustres, como Tomás de Aquino, Descartes y Voltaire. Este hecho ha llevado a pensar a muchos que el apelativo de “ciudad de las luces” se debe a su gran prominencia en periodos históricos como lo es el Renacimiento y la Ilustración. Esta idea se adapta a las circunstancias intelectuales de París, sin embargo, no es esa la razón por la que le llamamos así.

Un lúgubre y peligroso pasado
Si nos remontamos al momento en que se instauraron las antiguas ciudades europeas, la imagen es muy diferente a como son ahora. No había drenaje, ni pavimento; las calles eran tan solo angostos caminos llenos de hoyos y lodo; y, por supuesto, no había luz eléctrica, por lo que las noches solían empezar desde que el sol se apagaba en el horizonte. Por ello, y para desgracia de sus habitantes, las noches solían ser peligrosas, ya que los malhechores aprovechaban este momento del día para cometer toda clase de crímenes.
Debido a esta problemática, en 1667, Gilbert Nicolas de la Reynie, el prefecto de la policía parisina, implementó un sistema que cambiaría la historia para siempre: el primer alumbrado público. Para ello, mandó instalar 2700 linternas en las casi 900 calles de las que constaba la ciudad. Al ver en otras ciudades el éxito de este sistema, se fue replicando en el resto de Europa.

Y a nosotros no nos queda más que imaginar que gracias a este detalle pragmático es que los amantes de hoy en día pueden caminar seguros y envueltos en el ambiente romántico que les brindan las luces de París.






































