Estás justo a tiempo de no abandonar tus propósitos y de lograr una diferencia. Febrero suele ser el mes crítico del año: cuando el entusiasmo de enero se diluye y muchas intenciones, como incorporar una rutina de ejercicio, quedan en pausa. No porque falte motivación, sino porque lo que intentamos incorporar no siempre encaja con la vida real. Sin embargo, este momento también puede convertirse en el punto exacto donde empieza el cambio que sí se sostiene.

En el caso del ejercicio (uno de los propósitos más comunes) el error suele repetirse: querer dedicar más tiempo del que estamos preparados para dar. El resultado es frustración, cansancio y la sensación de que el progreso nunca llega. Pero el cuerpo no necesita grandes gestos para empezar a cambiar; necesita constancia, coherencia y un enfoque adecuado al tiempo disponible.

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Foto: Natee Meepian vía Canva

Para quienes empiezan de cero: 15 minutos

La mejor manera de iniciar una rutina de ejercicio no es hacer más, sino hacerlo seguido. Quince minutos son suficientes para empezar a construir un hábito. Basta pensar en el tiempo que se va sin darnos cuenta entre una distracción y otra. Con esto en mente, el objetivo no es diseñar una rutina ambiciosa, sino una que puedas repetir todos los días sin negociar.

Entrenar solo 15 minutos no significa entrenar mal si tenemos claro el objetivo. En este tiempo, el propósito no es agotarse ni cumplir con una rutina perfecta, sino activar el cuerpo y romper la inercia del día. El movimiento debe ser simple, continuo y accesible. Sentadillas con peso corporal, empujes contra la pared, marcha activa o movilidad de hombros y columna son más que suficientes para despertar el cuerpo y generar energía.

Este tipo de sesión no busca resultados visibles inmediatos. Busca algo más importante: crear constancia. Porque cuando el ejercicio cabe en cualquier día, deja de sentirse como una obligación y empieza a formar parte de la rutina.

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Foto: Rattanakun vía Canva

El siguiente paso: 30 minutos

Treinta minutos abren la puerta a la estructura: una vez que estamos acostumbrados al movimiento, podemos mejorarlo. Es el tiempo ideal para empezar a construir una base sólida, sin caer en entrenamientos extremos ni exigencias innecesarias.

En este punto, el enfoque se centra en introducir movimientos compuestos, priorizar la técnica y el control, e integrar fuerza ligera con cardio moderado. Sentadillas, desplantes, empujes, jalones y trabajo básico de core permiten trabajar el cuerpo completo de manera equilibrada. No se trata de intensidad, sino de intención.

Este formato favorece un progreso sostenible. El cuerpo comienza a reconocer patrones, gana estabilidad y se fortalece desde lo esencial. La rutina de ejercicio deja de sentirse improvisada y empieza a convertirse en una práctica consciente.

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Foto: Ketut Subiyanto vía Canva

Logros a la vista: 1 hora

Con una hora disponible, el entrenamiento se transforma y podemos profundizar. Este tiempo permite separar bloques, dedicar atención real a fuerza, cardio y movilidad, y escuchar al cuerpo con mayor claridad.

Aquí aparece la posibilidad de progresar: mejorar técnica, aumentar fuerza, explorar distintos ritmos de cardio o dedicar minutos reales a la recuperación y el estiramiento. La hora completa no es indispensable para empezar, pero sí ofrece un espacio donde el cuerpo puede desarrollarse con calma y donde el ejercicio se convierte en una experiencia más integral.

Si ya lograste apartar una hora diaria para entrenar, ¡felicidades!, quizá este sea el momento de dar un paso más y rodearte de profesionales que te guíen mejor, así como de una comunidad que comparta tu enfoque de bienestar y movimiento consciente. 

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Foto: Le Duc vía Canva

Al final, el verdadero propósito no es entrenar más tiempo, sino entrenar de una forma que puedas sostener. El cuerpo cambia cuando el ejercicio se adapta a tu vida, no cuando compite con ella.