
Nuestra primera parada del día, en donde el ritual del café tiene lugar, el epicentro de las mejores reuniones, el lugar al que cariñosamente llamamos el corazón del hogar: la cocina. Como habitantes del mundo en el siglo XXI, nos es de lo más normal pensar en la cocina como un espacio central en el diseño de nuestra casa, mas no siempre fue así. La cocina ha tenido diferentes momentos en la vida de las personas, momentos que responden a distintos usos y costumbres de cada época que hemos transitado. Sin embargo, su importancia en nuestra vida ha permanecido.

El fogón, una fuente de calidez
Hagamos un viaje mental a aquella época, previa a toda civilización, cuando nuestros ancestros todavía usaban espacios naturales como cuevas para protegerse de las incomodidades del clima. En este tiempo, mantener el fuego vivo era una cuestión de vida o muerte, no solo para cocinar y digerir mejor los alimentos, sino para protegerse del frío y alejar a los animales salvajes durante la noche. El fuego representó para el hombre una salvación y ello hizo que se desarrollara en nosotros un sentimiento casi místico en torno a él.

Más adelante, en las primeras construcciones, el lugar central siempre estuvo ocupado por el fogón; en algunas de ellas con una salida para el humo. Pero este lugar no solo era simbólico, sino también estratégico: tener el fuego en el centro distribuye de manera equitativa el calor al resto del espacio.
Más civilización, nuevos hábitos
Al avanzar en la historia, con el establecimiento de la agricultura y la crianza de diferente tipo de ganado, la sobrevivencia se volvió considerablemente más estable. Con ello, vino el desarrollo de una nueva cultura: gastronomía más compleja que requería más manos y más herramientas. Este nuevo estilo de vida implicaba que las cocinas se volvieran un lugar de mucho tránsito, gente que lava, que pica, que cocina, alacenas más amplias y… más animales como ratas, cucarachas y demás alimañas.

Debido a esta realidad, las cocinas fueron desplazadas a un lugar más alejado de donde las personas comían, solo querían ver el resultado pero no era relevante ver cómo se hacían los alimentos. Incluso los grandes señores de las casas normalmente nunca entraban a la cocina, ya que era destinado solo para la servidumbre. Un buen ejemplo de esto puede ser la famosa escena de La espada en la piedra, en donde Merlín hace su magia para ordenar y limpiar aquel oscuro y frío calabozo que era la cocina.
El color blanco y la era de la higiene
Al llegar al siglo XIX, el tema de la higiene se volvió de suma importancia ya que estaba muy bien identificado que las cocinas y sus desechos -entre otras razones- eran fuente de infección y focos de enfermedad. Y fue el químico bávaro Max Joseph Pettenkofer, llamado el padre de la higiene, quien hizo una aportación que cambió la forma en que vemos las cocinas: el uso de color blanco como símbolo de la higiene, por la facilidad que representaba para saber cuando una superficie está sucia. ¿Te suena el departamento de “blancos”?

El siglo XX: la cocina integral
Sin embargo, no fue sino hasta el siglo XX, con el arribo de la burguesía y el funcionalismo, que la cocina “se integró” al diseño del hogar y se volvió el centro de donde partía la arquitectura de una casa. La cocina ahora se volvía el espacio en donde la familia se reúne para disfrutar los alimentos y hacer sobre mesa; un lugar en donde la convivencia regresó a su origen: compartir con los seres queridos.





































