
Desde tiempos inmemoriales, el ser humano ha tenido una indescriptible fascinación por desplazarse de un lugar a otro, una necesidad por ver qué hay más allá de lo conocido. Evidencia de ello es que todas las lenguas ancestrales cuentan dentro de su vocabulario con al menos una palabra para esta experiencia. Wanderlust, en alemán, significa literalmente ‘pasión por explorar’; las palabras viajar y voyage -en español y francés correspondientemente- vienen del latín viaticum, que se refiere a las provisiones económicas que hace una persona para embarcarse en una aventura; y la misma palabra turismo se origina del verbo tornare en latín: volver, hacer girar… un viaje es una ida y vuelta hacia un destino.

For business, for pleasure… and for health?
Sin embargo, también los antiguos hacían la diferencia entre los negocios y el placer, puesto que los viajes que se hacían por trabajo eran radicalmente distintos a los que se hacían por mero gusto, incluso los nobles romanos distinguían entre el negotium, viajes relacionados con sus actividades laborales, y el otium, los que se hacían en los momentos de ocio.

Si pensamos en la Europa antes de la calefacción, podemos imaginar que uno de los principales motivos por los que la gente viajaba al sur era precisamente para huir del invierno en los países del norte. Algunos de los destinos preferidos de aquella época eran: Grecia, Italia y Egipto. Por otro lado, la oscuridad de muchos países europeos hacía una necesidad viajar a lugares donde pudieran recibir el sol, y eran frecuentes los sanatorios en los maravillosos Alpes suizos, que se recetaban para las personas que tuvieran crisis de nostalgia o depresión.
La cultura como motor del viaje
Si bien el placer es casi la principal razón por la que viajamos, nunca ha faltado quien viaja por el placer y sed de conocimiento. En la antigüedad, la selección de destinos tenía que ver con la curiosidad por conocer monumentos y edificios bellamente descritos en los libros históricos o novelas de la época. Los bibliófilos más empedernidos incluso contaban con las populares periegeses, unas narraciones detalladas sobre monumentos y edificios que podrían ser las guías de viajes contemporáneas, con detalles sobre los ritos y fiestas que hay en cada lugar. No eran en absoluto ajenos a la importancia de conocer el mundo en su detalle, y aprender de las culturas y civilizaciones extranjeras.

Las casas de campo
Otro estilo de viaje común en la antigüedad es la casa de campo. Hermosas campiñas como Pompeya, Herculano y Sicilia eran los lugares preferidos para adquirir una segunda residencia para veranear. Clima y playas idílicas constituían el paisaje perfecto para desintoxicarse del ajetreo de las grandes urbes romanas; un lugar donde relajarse, leer y disfrutar de la naturaleza.

Quizá los tiempos hayan cambiado, pero la necesidad humana de viajar sigue y seguirá vigente en nuestras vidas. ¿Tú ya tienes el destino de tus próximos viajes de ocio?




































