
La luz es un fenómeno físico universal: una frecuencia que atraviesa el espacio sin reconocer fronteras ni contratos. Sin embargo, en la intersección entre tecnología, arte y mercado surge una pregunta inquietante: ¿puede un color convertirse en propiedad privada?
El debate no es meramente estético. Involucra patentes, derechos de uso, marcas registradas y una discusión ética sobre los límites de la creatividad. Cuando el espectro visible entra en el terreno legal, la física y el mercado chocan.
Vantablack: el negro más profundo y la polémica artística

En el corazón de este debate se encuentra el Vantablack: una sustancia compuesta por millones de nanotubos de carbono que absorbe el 99.96% de la luz visible. Su origen es científico y profundamente valioso: fue diseñado para la industria aeroespacial, donde su capacidad de eliminar el reflejo permite que los telescopios capturen imágenes de galaxias lejanas con una precisión sin precedentes.
Cuando la empresa Surrey NanoSystems otorgó derechos exclusivos de uso artístico al escultor Anish Kapoor, la tecnología se convirtió en una herramienta de distinción. El abismo visual dejó de ser un concepto universal para convertirse en una propiedad protegida. No obstante, este movimiento funcionó como un poderoso catalizador: la comunidad artística respondió desarrollando pigmentos alternativos y abiertos, reafirmando que el espectro cromático es un territorio de exploración colectiva. La exclusividad financió la investigación original, pero la resistencia creativa democratizó la posibilidad de capturar el vacío.
¿Se puede patentar un color?

En términos legales, un color no puede ser propiedad en abstracto. Nadie puede reclamar el rojo o el azul como conceptos universales. Sin embargo, sí es posible registrar un color como marca comercial en contextos específicos.
El azul Tiffany está protegido en el sector de joyería y empaque de lujo. El magenta de T-Mobile también funciona como marca registrada en telecomunicaciones. En estos casos, el color no pertenece a la empresa como fenómeno físico, sino como signo distintivo dentro de una categoría comercial concreta.
Esta estrategia responde a una lógica clara: en un entorno saturado de estímulos, el color se convierte en identidad inmediata. Funciona como atajo cognitivo, reduce la fatiga de decisión y refuerza la memoria visual. Así, el espectro visible se transforma en activo estratégico.
Esta protección no congela la creatividad ; al contrario, la desplaza. Cuando ciertos tonos están legalmente asociados a marcas específicas, diseñadores y artistas se ven impulsados a explorar nuevas combinaciones y matices. El límite redefine el campo de juego. La propiedad cromática, entonces, no elimina el espectro: lo reorganiza.
Pantone: cuando el color se convierte en narrativa visual

Hablar de propiedad del color también implica hablar de quién lo traduce y lo vuelve lenguaje compartido. En ese territorio, Pantone no privatiza el espectro, pero sí lo organiza y lo convierte en referencia cultural. Pantone no solo clasifica colores: los nombra. Y en ese gesto hay una dimensión estética profunda.
Cuando se anuncia un “Color del Año”, no se señala únicamente una preferencia cromática, sino una sensibilidad que parece resonar con el ánimo colectivo. Esa selección, más que imponer una estética, la sintetiza. Con frecuencia, los matices elegidos comienzan a aparecer en moda, diseño, arquitectura y entornos digitales, hasta integrarse de manera natural al paisaje visual de la época.
Cada nombre sugiere una atmósfera, una emoción, una lectura del momento histórico. Tonos como “Living Coral”, “Very Peri” o “Greenery” no son descripciones neutras; son construcciones culturales. Si bien el color no determina emociones de forma automática, sí contribuye a crear atmósferas. Y estas atmósferas influyen en la manera en que percibimos y habitamos los espacios.
Pantone no posee el color como propiedad privada. Más bien, actúa como un sistema de traducción: convierte el espectro en lenguaje ; y el lenguaje en experiencia compartida.
El color como territorio de libertad

A lo largo de la historia, cada intento por delimitar el color ha generado una respuesta creativa. En la antigüedad, el púrpura de Tiro —extraído del molusco murex y reservado a élites imperiales por su costo extraordinario— simbolizaba poder y exclusividad. Sin embargo, con el tiempo surgieron tintes vegetales y mezclas minerales que democratizaron tonalidades similares, debilitando su carácter estrictamente aristocrático.
Algo similar ocurrió con el ultramarino, elaborado a partir del lapislázuli traído desde Afganistán durante el Renacimiento. Era uno de los pigmentos más caros del mundo y se reservaba para figuras sagradas, como la Virgen María. En el siglo XIX, la invención del ultramarino sintético permitió reproducir ese azul profundo a bajo costo, ampliando su acceso y transformando su estatus.
Incluso en el debate contemporáneo, el patrón se repite. Cuando el uso artístico del Vantablack fue restringido, el artista Stuart Semple desarrolló pigmentos como Black 2.0 y posteriormente Black 3.0, comercializados como alternativas accesibles para la comunidad creativa. El negro más oscuro dejó de ser un privilegio exclusivo y volvió a convertirse en campo de experimentación colectiva.
El caso del azul de Yves Klein también ilustra esta tensión. Klein registró su célebre International Klein Blue (IKB) en 1960, no para impedir su uso generalizado, sino para preservar la intensidad exacta del pigmento. Sin embargo, lo que volvió icónico ese azul no fue su fórmula química, sino la experiencia que generaba: superficies monocromáticas que buscaban provocar una sensación de inmersión, casi espiritual. El color dejó de ser materia para convertirse en acontecimiento perceptivo. Más que posesión, fue atmósfera.
La creatividad no se agota: se desplaza.
El espectro visible ha sido disputado una y otra vez, pero siempre encuentra fisuras. Si un tono se restringe, surge otro. Si un pigmento es costoso, aparece una versión sintética. Si una marca protege una frecuencia específica, el diseño explora nuevas combinaciones.
El espectro puede regularse en contextos específicos, pero nunca deja de pertenecer al territorio común de la percepción. En ese movimiento constante, el color revela su naturaleza expansiva. No es solo materia ni mercancía, sino posibilidad abierta.





































