Vista aérea del restaurante Tetetlán en el Pedregal: comensales sobre suelo de cristal que revela la roca volcánica, muros de piedra decorados con textiles artesanales y vegetación en doble altura.

“El yoga es geometría corporal; la arquitectura de Barragán es geometría de luz; la cocina de producto es geometría de sabores. Tetetlán es el lugar donde estas geometrías se encuentran.”

Tetetlán ocupa las antiguas caballerizas de la Casa Prieto López (hoy Casa Pedregal), una de las obras más importantes de Luis Barragán. El espacio, rescatado por el coleccionista César Cervantes, no funciona como un centro cultural estático, sino como un engranaje de actividades cotidianas donde es posible desayunar, practicar yoga, escuchar vinilos, adquirir bellos objetos mexicanos o leer uno de los más de 8,000 ejemplares de arte, arquitectura, diseño y cultura de su biblioteca.

Habitar Tetetlán es, ante todo, un ejercicio de atención.

El espacio: geometría de luz

En Barragán, la luz no es algo que entra por una ventana; es un material de construcción más, tan tangible como la piedra. Por otro lado, las dobles alturas no son solo un recurso de amplitud, son el pulmón del edificio. En esta arquitectura, el manejo de la verticalidad es lo que permite que el aire y la luz respiren.

Por eso, Tetetlán se siente monumental y acogedor a la vez. Desde que llegas, la fachada invita a pasar a un espacio paralelo. Al atravesar la puerta, lo primero que encuentras a la izquierda es una barra ideal para café de especialidad y, a la derecha, Tienda de Barro, con una curaduría de productos artesanales que incluye textiles, joyería y juguetes.

Al descender hacia el restaurante, el suelo de cristal transparente te separa por milímetros de la roca volcánica del Xitle. No es solo un detalle visual, son los cimientos del lugar. Caminar sobre ellos te obliga a ser consciente de la topografía del Pedregal y del respeto que Barragán tuvo por este terreno. Es una arquitectura que no cubre la tierra, sino que la exhibe. Para el arquitecto, el Pedregal era una lección de “belleza en la aspereza”. En Tetetlán, esta idea se hace patente en la dualidad entre el suelo (pesado/lava) y el techo (ligero/aire). Pura geometría de lo esencial.

Geometría de sabores: identidad biocultural

En el restaurante, la identidad de la carta es biocultural. Es decir, no es solo comida mexicana; es un menú basado en la milpa y en la trazabilidad. El lujo no reside en la técnica de autor, sino en el rigor de la materia prima. Así, el restaurante —que funciona también como el perímetro de una biblioteca de arte y arquitectura— realiza su propia nixtamalización, garantizando la pureza del maíz. El menú es una extensión de este orden:

Para el desayuno

La oferta se divide entre nutrición funcional y tradición:

  • Ligereza y textura: pensado para un inicio de día consciente que incluye bowls de açaí, matcha, espirulina, avena o golden milk. Se complementan con mousse de chía o quinoa, yogurt de coco, platos de frutos rojos y jugos de piña con moringa o hierbabuena.
  • El comal y el grano: la base de nixtamal se hace presente en tetelas, quesadillas, tlayudas, huaraches, sopecitos y tacos. Para quienes buscan otras texturas, se ofrecen tostas de aguacate, hongos o salmón, así como baguette de ibérico y burrata.
  • Los clásicos: las preparaciones que definen la mañana mexicana, como chilaquiles, huevos, omelette, molletes o enchiladas, además de platillos de temporada.

Para la comida y cena

A medida que el día avanza, la cocina explora contrastes y texturas locales:

  • Entradas de raíz: el inicio de la comida se centra en productos fundamentales. Desde los elotes y esquites o el plátano macho tatemado, hasta aguachile y quesadillas artesanales.
  • La estructura del plato: recetas que aportan cuerpo y frescura a la mesa, como la sopa de tortilla, de hongos o la de fideo seco negro. Esta sección se equilibra con aguachiles, ceviches, ensaladas y betabel rostizado.
  • Especialidades y cruces: aquí la cocina permite el encuentro de tradiciones. Conviven sopes, tetelas y tlayudas con tacos de aguacate tatemado o escamoles. La oferta se extiende a propuestas como pizzas de aguacate o sabores ibéricos, pastas, sándwiches y sugerencias de temporada.

La experiencia se complementa con café de especialidad, bebidas fermentadas (kombuchas y kéfir), cocteles y cacao grado celestial, entre otras bebidas que, al igual que los demás elementos, mantienen coherencia con el bienestar físico y el rigor sensorial que define a Tetetlán.

La shala: geometría corporal

Si el restaurante es el centro de gravedad social, la shala es el espacio de la introspección. Ubicada en lo que fueron las caballerizas, la estructura impone una sobriedad natural: muros de piedra volcánica, techos de madera maciza y una atmósfera de quietud que invita a la pausa.

Practicar aquí es una experiencia de inmersión en los detalles:

  • La vida vegetal: el verde habita el interior a través de teléfonos y enredaderas que ascienden por los muros al techo. Esta dirección orgánica conecta el suelo mineral con el tragaluz del espacio, integrando la vida vegetal de una forma directa y serena.
  • Silencio absoluto: lo que destaca de esta shala es su aislamiento sonoro. A pesar de la actividad del lugar, al cerrar la puerta el silencio es total; es una cápsula acústica que permite que la respiración, el movimiento y la música sean el único referente sensorial, eliminando cualquier distracción externa.
  • El tragaluz: el techo, convertido en un tragaluz, es uno de los elementos más hermosos del espacio. Permite que la luz natural caiga de forma directa, revelando la textura de la piedra y la madera con una claridad que cambia según la posición del sol. Es una fuente de luz que embellece la geometría de cada postura de forma honesta, sin necesidad de artificios.

En esta shala, el yoga deja de ser una actividad aislada para convertirse en un acto de presencia física, rodeado de vegetación y protegido por un silencio que parece detener el tiempo.

El refugio analógico: materia y memoria

Finalmente, Tetetlán propone un regreso a lo tangible a través de su sala de vinilos y su biblioteca. Es un archivo sensorial diseñado para la permanencia.

  • La biblioteca: rodea al comensal y resguarda más de 8,000 ejemplares para consulta especializados en arte, arquitectura, diseño y cultura. Es una colección pensada para habitar el espacio de forma activa.
  • La fonoteca: cuenta con una vasta selección de vinilos y una consola de época para su reproducción. Aquí la música no es ruido de fondo, sino una presencia física que invita a la escucha activa.
  • El objeto: a través de Tienda de Barro, el espacio documenta oficios mexicanos. Cada pieza —desde vajillas hasta joyería— es seleccionada por su manufactura, conservando la honestidad de los materiales.

Tetetlán es un punto de aterrizaje. Un recordatorio de que la belleza reside en la estructura de lo necesario bien ejecutado. Aquí, la piedra es piedra, el libro es papel y el ritual es físico.

D. Av. de Las Fuentes 180 – B, Jardines del Pedregal, Álvaro Obregón, 01900 Ciudad de México, CDMX

IG. @tetetlan

P. tetetlan.com

T. +52 55 5668 5335