Glaciar descongelándose: turismo de última oportunidad

En mayo de 2025, un glaciar destruyó el pueblo de Blatten, en el cantón de Valais, Suiza. No fue un accidente anunciado en silencio: llevaba años retrocediendo, y los científicos habían advertido del riesgo. Pero lo que nadie esperaba era la inversión del relato habitual: no fue el turista quien viajó a ver el glaciar desaparecer. Fue el glaciar quien llegó al pueblo.

Esa imagen — el hielo avanzando sobre las casas, los habitantes evacuados, las familias intentando recuperar lo perdido — encarna la pregunta que este artículo quiere explorar: ¿qué significa visitar algo que se está muriendo?

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El turismo de última oportunidad

Tiene nombre propio: last chance tourism, o turismo de última oportunidad. Es el impulso de ver algo antes de que desaparezca, y está creciendo. Una investigación publicada en la revista Nature Climate Change lo documenta: la fascinación por lo que desaparece está llevando a millones de personas hacia ecosistemas ya frágiles. Más de 14 millones de personas visitan glaciares cada año. Para llegar hasta ellos, se construyen nuevas pasarelas, se instalan membranas sintéticas sobre el hielo, se organizan tours en helicóptero. Todo con la mejor intención.

El investigador Emmanuel Salim, de la Universidad de Lausana, lo formuló con una observación que vale la pena considerar: algunos turistas simplemente se irán al próximo destino popular una vez que los glaciares desaparezcan. La experiencia no es el lugar. Es la rareza. Es el duelo convertido en producto.


Los casos

Los arrecifes de coral son quizás el ejemplo más estudiado. Albergan más de un millón de especies y protegen las costas de tormentas y erosión. También están blanqueándose y muriendo a una velocidad sin precedentes por el calentamiento del océano. Y también son, paradójicamente, uno de los destinos de buceo más buscados del mundo. Algunos operadores turísticos han empezado a destinar parte de sus ingresos a iniciativas de restauración. Es un gesto real, pero no resuelve la contradicción de fondo: para llegar al arrecife hay que tomar un vuelo.

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En México, la versión más cercana de esa misma contradicción son los cenotes de Yucatán. Considerados sagrados por la cultura maya, hoy reciben millones de visitantes al año. Investigadores como Sergio Grosjean han documentado que muchos propietarios modifican los cenotes con maquinaria pesada para atraer más turistas, alterando la circulación natural del agua: lo que debería renovarse en 24 horas puede tardar hasta 80 o 100 horas, provocando su descomposición. La solución frecuente es añadir cloro. “Cuando visitas un cenote y no hay ni un solo pez, es porque lo están clorando”, menciona Grosjean. De los cenotes monitoreados en Yucatán, el 83% presenta contaminación, y el turismo no es el único responsable, las granjas industriales y el boom inmobiliario contribuyen significativamente.

Venecia es el caso arquitectónico más citado. La ciudad se hunde a un ritmo de dos milímetros por año y recibe treinta millones de turistas anuales. Las inundaciones extremas son cada vez más frecuentes. Y sin embargo sigue siendo uno de los destinos más deseados del planeta, en parte precisamente porque todo el mundo sabe que algo en ella está terminando.

Chernóbil representa otro ángulo: el de la catástrofe ya consumada. Desde que la serie de HBO la llevó a la pantalla en 2019, el turismo en la zona de exclusión se disparó. Aquí la pregunta ética es distinta: no se trata de salvar nada, porque ya no hay nada que salvar. Pero sí de cómo se visita, con qué mirada, con qué información.

Hashima, la isla japonesa conocida como Gunkanjima — isla acorazada — añade otro ángulo. Fue la zona más densamente poblada del planeta en 1959, una ciudad completa levantada sobre una roca en el mar para explotar carbón submarino. Cuando Japón abandonó el carbón en 1974, todos sus habitantes se fueron en cuestión de semanas, dejando atrás edificios, escuelas, hospitales, todo. Desde 2009 recibe turistas, y desde 2015 es Patrimonio de la Humanidad.

Detroit es quizás el caso más complejo, porque sus ruinas no son pasado: son presente. La ciudad perdió más de la mitad de su población en cincuenta años, y ese proceso dejó kilómetros de fábricas abandonadas, mansiones vacías, teatros con el techo caído. Hace décadas surgió un término para describir la fascinación fotográfica por ese paisaje: ruin porn. Y con él llegaron los tours.

Más cerca de casa, los pueblos fantasma del norte de México plantean una versión propia de este dilema. Lugares como Guerrero Viejo en Tamaulipas — inundado desde 1953 por la construcción de la Presa Falcón y visible solo cuando bajan las aguas — o Mineral de Pozos en Guanajuato, atraen visitantes que buscan algo parecido a lo que se busca en Detroit: el contacto con el tiempo detenido, con la vida que fue.

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Las posturas en tensión

Hay quienes argumentan que visitar un lugar en riesgo es una forma de amor, y que ese amor genera presión política para protegerlo. Que el turismo en zonas vulnerables puede financiar su conservación, crear empleos locales y hacer visible ante el mundo lo que de otro modo pasaría inadvertido.

Hay quienes responden que ese argumento es, en el mejor de los casos, una racionalización. Que el avión que te lleva al glaciar emite más carbono del que cualquier cuota de restauración puede compensar. Que convertir la agonía de un lugar en experiencia de consumo es una forma de extractivismo tan real como cualquier otra.

Y hay una tercera postura, quizás la más honesta: que la pregunta no tiene respuesta universal. Que visitar Hashima con conciencia histórica no es lo mismo que visitar Detroit como si fuera Pompeya. Que financiar la restauración de un arrecife no es lo mismo que sobrevolar un glaciar en helicóptero. Que el turismo de colapso no es bueno ni malo en abstracto: depende de quién va, cómo va, qué hace cuando llega y a quién le deja dinero al irse.


La pregunta que queda

Hay algo en el turismo de colapso que nos dice algo sobre nosotros. Sobre nuestra relación con la pérdida, con la belleza, con la culpa. Sobre nuestra necesidad de ser testigos — aunque ser testigo tenga un costo.

Quizás la pregunta más útil no sea si debemos ir, sino cómo vamos. Con qué información. Con qué humildad. Dispuestos a escuchar no solo la historia oficial, sino también la de quienes se quedaron o la de quienes nunca eligieron convertirse en destino turístico.