
Aquel que trasciende es porque dejó un legado valioso. En eso podemos coincidir mayormente, pero vale la pena plantear la siguiente pregunta: ¿un legado se construye a sabiendas o es valioso justamente porque, en su momento, nadie sabía la grandeza de lo que se estaba creando?
Aquí pueden dividirse las opiniones, pero Viviana Corcuera y su hijo Enrique coinciden: “Mi mamá y mi papá jamás pensaron que habría un legado. Ellos estaban viviendo su vida”, adelanta Enrique. Viviana lo percibe desde otro ángulo, el de quien vio la escena de cerca en un abierto de pádel en Argentina en 1990, diez mil personas en las gradas coreando “Corcuera, Corcuera”, con un mariachi contratado para la ocasión, y a Enrique Corcuera, entendiendo por primera vez que aquel juego de amigos se había convertido en otra cosa.

Lo cierto es que los legados que se entrelazan aquí comparten un mismo temperamento: la calidad como estándar innegociable, la vocación de hacer felices a muchos y el rigor de seguir escribiendo la historia hasta perfeccionarla. Tanto el pádel tenis, creado en México por Enrique y Viviana Corcuera, como Alfa Romeo, se construyeron así: sin buscar que se convirtieran en legado. “Me pareció maravilloso haber contribuido a que el pádel tenis se haya hecho realidad y hoy haga felices a miles de personas alrededor del mundo. Enrique hubiera estado fascinado de ver este boom”, dice nostálgica. “Adoro el pádel, lo juego bien y me ha dado mucha salud, pero sin duda, hoy el rol que más atesoro es el de ayudar a los demás”, asegura la socialité al hablar del valor de un legado.
En su casa, el pasado permanece suspendido entre retratos familiares, porcelanas, muebles de época y fotografías que parecen ventanas hacia un México que ya no existe. Un país sofisticado y excesivo, en el que la vida social transcurría entre Acapulco, cenas interminables, viajes, artistas, empresarios y personajes que parecían haber sido escritos para una película de los años setenta y ochenta. Viviana fue testigo privilegiado de ese mundo y no lo observa desde la nostalgia fácil, sino desde la mirada de quien entiende que el tiempo cambia las formas, pero no necesariamente la esencia.

“Era otro México. Había una manera distinta de recibir, de conversar y de disfrutar. Todo parecía suceder con más tiempo, con más temple”, asegura Viviana. “Las fiestas eran de una calidad extraordinaria; el mundo se movía entre grandes señores y grandes señoras. Había una vida social sumamente ligada a las monarquías de los distintos países y lo vivíamos especialmente por el polo, porque era un deporte de señores”. Un mundo donde llegaban a México el príncipe Felipe de Edimburgo, el duque de Cádiz o el conde de Barcelona a jugar en clubes como el Polo Agogó y cada familia devolvía la vivencia del día con bailes de etiqueta por la noche.
En aquel universo, la elegancia no necesitaba anunciarse. Estaba en cada uno de los detalles: en una mesa perfectamente preparada, en el perfume elegido para una noche única, en una copa servida en el momento preciso y, especialmente, en el arte de hacer sentir bienvenidos a los demás en casa.
Acapulco, por su parte, era mucho más que un destino de playa: era un punto de encuentro para figuras internacionales, estrellas de cine, políticos, realeza y personalidades de la vida cultural mexicana. “Acapulco tenía una chispa única, una energía donde todos llegaban dispuestos a divertirse, pero también a convivir. Las noches podían comenzar con una cena en una casa con celebridades y terminar cuando ya estaba saliendo el sol”. Fue en ese escenario donde Viviana conoció a Enrique Corcuera, en 1968, presentada por un amigo argentino en común. “Fue, como dicen los franceses, un coup de foudre”, cuenta ella. Él tenía la edad de su padre, pero nada en él lo delataba: era un hombre lleno de vida, deportista, que jugaba tenis todos los días en la casa de Acapulco. Se casaron pocos meses después. “Yo tengo cincuenta y dos, y tú tienes veintidós. Me quiero casar porque quiero tener hijos”, le dijo él. Ella, que nunca antes había pensado en formar una familia, aceptó.
Fue justo ahí, entre esa vida y ese temperamento, donde nació el pádel. No como una estrategia ni como una apuesta calculada, sino como una solución doméstica: un terreno junto a la casa de Las Brisas, en Acapulco, demasiado pequeño para una cancha de tenis convencional. Enrique ya tenía el antecedente: de niño, en la hacienda azucarera de su padre en Jalisco, había improvisado con amigos un frontón donde jugaban con raquetas y pelotas de tenis, el germen del frontenis, hasta que a alguien se le ocurrió dejar de jugar contra el muro y hacerlo de frente, entre dos parejas.
Años después, con esa misma lógica de invención, midió el terreno de Acapulco, veinte metros de largo, apenas alcanzaba para diez de ancho, y ahí trazó la primera cancha. Puso alambrados. Pintó líneas con un engrudo de harina y agua, a falta de pintura blanca, ayudado por un amigo de la casa. “No teníamos ni la menor idea de que eso iba a ser un boom en el mundo”, cuenta Viviana, “Era nuestro juego, el de él y mío”.
Los amigos que visitaban la casa, empresarios, personalidades, curiosos, probaban aquel invento sin nombre y, poco a poco, empezaron a construir canchas iguales en sus propias casas de Acapulco. De ahí saltó a España, a través de un amigo de la familia que replicó la cancha en el jardín de un club en Marbella, y a Argentina, de la mano de un hacendado que la llevó a sus campos. España y Argentina se convirtieron en las capitales del pádel; México, paradójicamente, se quedó atrás, porque el juego siguió viviendo casi en secreto, dentro de casas y clubes privados, mientras que en esos dos países se abrió a canchas públicas que se rentaban por hora. No fue hasta la pandemia, cuando los mexicanos que vivían en Madrid, sin otra actividad posible, se volcaron al pádel y regresaron contagiando la fiebre, que el deporte finalmente explotó también en su país de origen.
Pero antes de todo eso, hubo un paso decisivo, y vino de Viviana. En las canchas de aquellos primeros años, cada casa jugaba con sus propias reglas: aquí se contaba distinto, allá una rama de árbol dentro del área de juego generaba discusiones interminables. “Me molestaba muchísimo que la pelota tocara un árbol y te dijeran que era vuelta”, recuerda con su característico tono casi sarcástico. Así que en 1985 se sentó a poner orden. Escribió a máquina, con ayuda de un asistente, el primer reglamento oficial del pádel, el cual le regaló a Enrique de cumpleaños, y con él, las medidas exactas de la cancha que hasta hoy no pueden moverse ni un centímetro. Su hijo Enrique lo resume así: “Sin ese reglamento no hubiéramos logrado defender que el pádel era mexicano. El pádel sería español o argentino”.
Enrique imaginó la cancha y creó el juego; Viviana lo convirtió en un código capaz de viajar y de permanecer. A finales de los años ochenta, el notario y amigo de la familia, Ignacio Sotoborja, se topó con el deporte, investigó su origen, confirmó que era mexicano y con el respaldo de ambos, patentó el reglamento, fundó la Federación Mexicana de Pádel y ayudó a unir a México, España y Argentina en una federación mundial. “Convirtió un juego en un deporte”, confirma Enrique. Hoy, cuarenta millones de jugadores practican pádel en el mundo.
Esa historia, la íntima, la de las canchas de ladrillo y el engrudo de harina, la de un reglamento escrito a máquina en la mesa de una casa en Acapulco, es la que el documental Historia del pádel, producido por Punta Fina Studios, La Sociedad y La Chula, llevará a la pantalla en 2027. Con fotografías inéditas, películas familiares y el testimonio directo de Viviana, la producción no busca solamente narrar una cronología deportiva, sino recuperar el alma de un país y de una familia. “Las épocas no regresan, pero las historias permanecen. Y mientras alguien quiera escucharlas, todo aquello sigue vivo”, asegura.
Es en este cruce entre la pasión que no se propone trascender y termina trascendiendo, entre el rigor que convierte la intuición en algo que perdura, donde la historia de los Corcuera y la historia de Alfa Romeo hablan el mismo idioma. Alfa Romeo resume su propia filosofía de marca en una frase que podría haber salido de la misma casa de Acapulco: la meccanica delle emozioni, la mecánica de las emociones, el punto donde convergen el diseño, la pasión y el instinto de generar algo que se sienta antes de que se explique. El pádel nació exactamente ahí: de la pasión de dos personas por un juego, antes de convertirse en método, en reglamento, en federación.
Ambos legados comparten, además, la obsesión por la precisión. Así como Viviana insistió en medidas exactas para que el juego siga siendo el mismo en cualquier cancha del mundo, Alfa Romeo describe cada uno de sus autos como una pieza donde “cada detalle es esencial, cada diseño es la armonía perfecta entre belleza y propósito, ingeniería y emoción”. Es el mismo rigor aplicado a dos objetos distintos: una cancha y un automóvil, ambos nacidos del placer y perfeccionados con disciplina.
Y está, por último, el asunto de la herencia. No la que se recibe, sino la que cada generación decide preservar. La creación de Enrique y Viviana Corcuera se convierte en arraigo y memoria que, junto a sus hijos hoy sostiene la marca Corcuera Pádel (COPA). Alfa Romeo, con más de un siglo de trayectoria, construye su presente exactamente igual: sino reinterpretando un legado generación tras generación, sin perder la esencia que lo hizo memorable. Como dice Viviana: “La gente vive dos veces, una en la tierra y otra en la memoria de los demás”.





































