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El Café

“Unas cabras locas se me fueron al monte porque no había tomado mi café”, se diría coloquialmente para referirse a la falta de concentración, a la distracción o a la torpeza que han impedido llevar a cabo una acción en forma ordenada y correcta. Curiosamente, las cabras y el café tienen una historia en común. Ellas lo descubrieron y fueron muy felices con su ingesta. Cuenta la leyenda que un monje observó con curiosidad ese comportamiento inusual, dándose cuenta de que eran unas bayas las causantes de conducta tan locuaz. Como era un hombre sabio, quiso dar buen uso a esas semillas: les retiró la pulpa, las lavo y secó al sol y luego las tostó. El aroma que desprendieron lo hizo entrar en éxtasis y como era un hombre religioso interpretó esta reacción física como un delirio místico. Guardó celosamente sus granos tostados que daban a su hábito un aroma agradable, casi santo; hizo luego con ellos una infusión de sabor magnífico y eufórico rezó toda la noche sin cansarse para agradecer los dones de la vida. Atribuyó esta fortaleza a la bebida que había preparado.

Alrededor del café los árabes hicieron un ritual cotidiano de placer y convivencia, una forma de dar la bienvenida y pasar la tarde en charlas y disertaciones. Porque el café invita a la plática amena, agudiza de alguna forma la inteligencia y por alguna razón misteriosa el placer que provoca beberlo hace que la discusión sea siempre amable y nunca violenta ni desastrosa. También invita a la literatura y a la poesía y surgen en torno a una mesa ideas brillantes.

Cuando el viejo continente adoptó su consumo, la leche hizo nubes en la negra bebida, y hombres y mujeres se aficionaron sin rezos de por medio, a tal grado que la iglesia romana lo prohibió en su momento, por considerarlo, al igual que el tabaco, de origen diabólico, y por ello retornan las cabras a la historia.

Despertar solo es posible para sus amantes si su aroma los invita al día; dicen que no se concentran y la cabeza les duele, por eso precisan y exigen el café matutino que ahora puede tener muchas formas, sabores y estilos.

Si tiene uno el alma infantil puede disfrutarlo frío, dulce, espumoso, con crema batida y un colmo de chispitas de chocolate; si se cree uno sofisticado y no le gusta el sabor fuerte, un capuchino es lo indicado; si no se tiene el colesterol alto, pues un macchiato con dulce crema, o con sabores adicionados de avellana, vainilla, menta o cacao; pero el café bueno se toma solo, sin azúcar, quizá pecando un poco al tomarlo cortado a la usanza española.

La torrefacción, o tostado es, además de la calidad del grano, el secreto de un placer iniciático, no un vicio que nos hace beber cafés diluidos, tatemados, de mala calidad o sobrecalentados, sino una especie de búsqueda, como la que tiene un enólogo al descubrir los secretos de los vinos, un mundo sorprendente de acentos y aromas que, como en el vino, se desprenden por magia incomprensible y surgen de la esencia o espíritu de estas bebidas. Por eso se recurre al barista y no solo al que sabe hacer figurillas graciosas con la espuma, sino aquel que conoce verdaderamente la mística de sabores que despliega un café bien cosechado, bien conservado, bien tostado y por fin, bien preparado, en un ritual que implica la perfección de tiempo, molido y temperatura, para tener una experiencia única e inolvidable.

PARA TOMAR CAFÉ

CHIQUITO CAFÉ

D. Alfonso Reyes 232 E, Condesa Río Lerma 179, Cuauhtémoc

CARDINAL CASA DEL CAFÉ

D. Córdoba 123, Roma Norte

QUENTIN

D. Álvaro Obregón 64, Roma Norte

JOSELO

D. Emilio Castelar 7, Polanco

HOMIE CAFÉ

D. Colima 256, Roma Norte

YO VIVO CAFÉ

D. Veracruz 107, Condesa

CAVENDISH CAFÉ

D. Av. Santa Fe 440 PB, Santa Fe

DOSIS

D. Álvaro Obregón 24, Roma Norte

BUNA 42

D. Orizaba 42, Roma Norte

CAFÉ LA HABANA

D. Morelos 62, Juárez

DRIP SPECIALTY COFFEE

D. Río Lerma 45, Cuauhtémoc

ROMPEOLAS

D. Milán 44, Juárez

CAFÉ BISCOTTINO

D. Luis G. Urbina 4, Polanco

FOURNIER ROSSEAU

D. Hegel 406, Polanco