Hay palabras que ya son un manifiesto antes de que el primer plato llegue a la mesa. Futari kappo sushi bar abre sus puertas en la colonia Roma con una propuesta clara: que la disciplina japonesa y la emoción europea pueden sentarse a la misma barra sin que ninguna le quite espacio a la otra. Detrás del proyecto están Daniel González y Edo López, dos chefs que formaron su mirada gastronómica entre Tokio, Kioto y Europa, y que regresan a la Ciudad de México con una convicción convertida en restaurante.

Los dos formaron su mirada gastronómica entre Japón y Europa. Vivieron la disciplina de las barras de sushi en Tokio, la ceremonia del kaiseki en Kioto, la informalidad cargada de significado de los izakayas cotidianos. Cuando regresaron, traían una convicción: que esas dos tradiciones podían conversar sin que ninguna tuviera que ceder su identidad. Hoy, esa convicción tiene dirección en el mapa de la ciudad.

Precisión japonesa y emoción europea: la filosofía detrás de Futari

Futari es un kappo style sushi bar que no intenta resolver una ecuación entre culturas sino abrir una conversación entre ellas. La cocina japonesa aporta su obsesión por el ingrediente exacto, el corte que no toca más de lo necesario, el respeto a la estación. La tradición europea llega con su capacidad narrativa, su estructura técnica, su voluntad de que cada plato cuente algo. Ninguna domina. Las dos escuchan.

El resultado no es fusión —esa palabra gastada que promete demasiado y entrega poco— sino algo más parecido a un diálogo entre personas que se respetan: fluido, honesto, sorprendente en los momentos justos.

La cocina es liderada por el chef Andrés Sánchez, quien llega con una extensa trayectoria en México y Europa, aportando la profundidad técnica que exige el estilo kappo: una disciplina que va mucho más allá del sushi y que integra técnicas de corte y cocción donde la influencia francesa aparece con naturalidad y sin forzamiento.

Cuando entras a Futari, entras a un lugar secreto

Hay restaurantes que se anuncian y hay restaurantes que se descubren. Futari pertenece a la segunda categoría. Cruzar la puerta de Colima 152 es como acceder a un universo propio: un lugar secreto donde el ruido de la ciudad desaparece y solo queda espacio para la buena comida, la buena música y la buena compañía.

La primera señal de que esto no es un restaurante ordinario la ofrece la cristalería y vajilla. Cada pieza ha sido seleccionada con la misma meticulosidad que un nigiri: vasos de perfil fino que capturan la luz de una manera casi irreal, cuencos de cerámica que pesan exactamente lo que deben pesar, platos que enmarcan el ingrediente sin competir con él. La delicadeza de la cristalería no es decoración, es comunicación: te dice, desde el primer momento, que aquí cada detalle importa.

Esa belleza de la vajilla —cerámica artesanal, cristal de línea pura, superficies que equilibran lo rústico y lo refinado— convierte el acto de comer en algo cercano a una ceremonia íntima. El plato llega y antes de probar el primer bocado ya hay una conversación entre el ojo y la mano, entre la forma y el contenido.

Futari kappo sushi bar: la filosofía detrás del menú

En Futari, el estilo kappo marca la pauta: una forma de cocinar que entiende el sushi como punto de partida, no como límite. Lo que llega a la mesa viaja entre dos mundos sin pedir permiso.

La barra de sushi.

Los nigiri, sashimi y temaki que salen de la barra tienen la austeridad de quien sabe que el ingrediente habla solo cuando el chef sabe callarse. Cada corte es una decisión. El arroz no es relleno, es columna vertebral. Aquí la técnica no se exhibe, se siente.

Los otsumami.

Los otsumami son el territorio donde la memoria europea entra en escena con naturalidad. No hay hibridación forzada ni guiños culturales decorativos: hay chefs que vivieron en ambas tradiciones y que cocinan desde ese lugar honesto. El resultado son bocados con profundidad de relato —platos que tienen pasado aunque lleguen al momento presente.

La barra también dicta el ritmo de la visita. Quien quiera conducir su propia experiencia puede hacerlo, copa en mano, a su velocidad. Quien prefiera soltar el volante tiene en el chef a alguien que conoce el camino y sabe cuándo acelerar y cuándo detenerse.

Precisión japonesa y emoción europea también en el espacio

Edo López y René Rabelo tomaron la misma pregunta que guía la cocina y la trasladaron al diseño: ¿cómo se ve un espacio donde Japón y Europa se encuentran sin que ninguno pierda su carácter? La respuesta está en la tensión entre materiales: el concreto que no cede y la madera que acoge, el acero frío y la luz que lo templa, la austeridad de las líneas y la calidez de los textiles.

La barra central es la pieza que lo resuelve todo: al colocar la cocina frente al comensal sin barreras, elimina la distancia entre quien cocina y quien come. No hay cuarta pared. Hay contacto. La cristalería y vajilla cierran el argumento: piezas que no son neutras, que tienen peso y forma propios, que llegan a la mesa ya diciendo algo antes de que el chef hable.

Dirección: Colima 152, Col. Roma, CDMX

Martes a jueves: 1:30–4:30 pm & 6:00–11:00 pm

Viernes y sábado: 1:30–4:30 pm & 6:00–12:00 am

Domingo: 1:00–8:00 pm

maison.futari