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JAPÓN: CON CORAZÓN TRADICIONAL

Me fascina Japón, su alma de tradición ancestral, su piel que centella con los neones y vibra al son electrónico y digital. Tokio es un mundo trepidante, Nagano son las montañas donde los monos se bañan en las aguas termales, Nagoya es el modernismo, y el monte Fuji vigila los llanos donde los arrozales reflejan las nubes, Fujiyama es un dios que se deja ver sólo para los que aman el país y ellos los protegerá en su viaje. Después de descubrir ese norte, me dediqué a recorrer los lugares místicos donde la mente se interna por las estradas de la meditación, devorando los lugares santos, conviviendo con la gente. Paseando por calles impecables de limpias recorrí el corazón tradicional de Japón, al ritmo del misticismo y la sabiduría ancestral Kyoto. Al llegar a Kyoto, me asustó tanto tráfico, lo moderno de los edificios y el tumulto de la capital de los jardines. Me hospedé en un ryokan, hotel tradicional donde se instalan, por la noche, los colchones en el suelo junto a una mesita para tomar el té sentado en el piso cubierto por petate. En ese duro piso se logra conseguir un sueño muy reparador al estilo japonés, con un buen descanso para la espalda. El jardín era precioso, con su estanque habitado por inmensas carpas koi y  las lámparas de piedra que alumbraban aquel escenario lleno de romanticismo japonés. El encantador dueño me enseñó las reglas del ryokan, como quitarse los zapatos antes de entrar, usar las pantuflas, saludar discretamente a los otros huéspedes y usar el onsen (baño público) donde se remoja uno en  piscinas de aguas termales después de haber tomado una ducha, sentado en un banquito nunca parado. Es un momento de relajación poderoso, la mente se eleva mientras el cuerpo se sumerge en el agua tibia para relajarse de todo estrés. JAPÓN: CON CORAZÓN TRADICIONAL - galeria03_japon-1024x696 La gente, hombres y mujeres separados, no platican, dejan su sentido vagar por los caminos de un budismo paralelo o un nirvana creado sólo para ellos. Pasé 6 días caminando por los templos, jardines y palacios de Kyoto, los callejones llenos de sorpresas, los restaurantes exquisitos, las calles con sus casas de té y viendo geishas que andaban por los angostillos. Transité por debajo de los cerezos en flor a lo largo de los canales y ríos hasta atiborrar mi mente de imágenes llenas de poesías y mis pasos me llevaron a conocer los lugares más encantadores de la ciudad además de los barrios más modernos con rascacielos que desafían el equilibrismo. Descubrí el palacio real con sus jardines zen donde la grava vive al ritmo del trabajo del jardinero que la peina y los estanques se animan con carpas que admiran los elegantes edificios, ricamente decorados y sobrios a la vez. Me fascinó el palacio-fortaleza de Nijojomae con su muralla rodeada por agua y sus salones adornados de pinturas típicamente japonesas. Los templos ofrecen cada uno su encanto,  su estilo propio, diferentes uno del otro: el Golden Temple Kinkaku-Ji con su maravilloso pabellón en medio de un lago soñado por el nirvana, Shôko-in con sus jardines, Yentsû-Ji, Higashi Hongan-Ji, Honkoku-Ji con su insuperable vista, Nishi Otani Betsuin, Yamashiro Kokubun-Ji, Nishikejo Hieijocho, Ushitoracho, etc. El barrio de Gion me transportó al pasado y a la depravación del vicio. Al pie de la colina caminé a lo largo del río que corría bajo los cerezos cubiertos de flores y sobre el cual caían los pétalos, paseé por el templo de Shugakein Kitafukecho hasta llegar al de Shugakuin Ishikakecho y su hermoso barrio donde se encontraba mi ryokan. También descubrí uno de los más viejos cerezos del país, cuyos pétalos volaban con el aire, y los templos de Higashiyama que acogen a aquellos visitantes que pasean por los callejones. La gente celebraba la fiesta de los cerezos, hacían un picnic debajo de sus cielos florecidos, festejaban la llegada de ese universo de pétalos que pintaban de color la luz de primavera. Me hechizó Kyoto, una ciudad a la medida del hombre, con sus canales que reflejan los cerezos, su vida social intensa y auténtica, sus exquisitos restaurantes, su gente amable, con aire de provincia y los edificios modernos que se miran hacia el pasado. JAPÓN: CON CORAZÓN TRADICIONAL - galeria02_japon-1024x696 Nara a  poca distancia en tren de Kyoto, alcancé Nara, uno de los lugares más sagrados de Japón donde se encuentra el templo de Todaiji, en medio de un bosque donde venados pasean con calma y serenidad. El templo aloja uno de los Budas más hermosos y venerados, Daibutsu Den, y las figuras que lo rodean son gigantescas e impresionantes. El pueblo es encantador, vibrante alrededor de sus estanques, animado por la gente que vive a su ritmo de pueblo sagrado. Paseé por las colinas boscosas, visitando los templos, encontrándome cara a cara con guardianes y budas míticos. Sentía mi alma devorar el enajenamiento budista.   Koya San Después de tomar el tren de provincia, me subí a un tren más chico que parecía de juguete, y finalmente tomé el teleférico, hasta alcanzar el autobús que me llevó a Koya San, un pueblo alojado en la cima de una montaña a 800 m de altura, sin hotel, y me alojé en un monasterio. Koya San es el lugar sagrado del budismo Shingon que llegó a Japón con el bonze (monje) Kûkai quién, después de enseñar, se retiró en un monasterio en medio de un fastuoso bosque de inmensos pinos. Después de meditar durante  más de 30 años, mientras sus seguidores averiguaban si respiraba, un día dejó de vivir, lo enteraron en el bosque, creando ese lugar sagrado de peregrinación. La gente empezó a construir sus tumbas alrededor y ahora el bosque impresiona por su quietud, su misticismo, su humedad que permite dejar crecer el musgo sobre los monumentos mortuorios y las figuras de Buda. El templo se llenó de linternas que brillan; y ahí estaba yo, atravesando ese escenario de fantasía como un ángel atraviesa los pasillos del paraíso. En el monasterio tenía que seguir la vida de los monjes, comer con ellos en el suelo, asistir a los rezos en la noche y en la madrugada. Fue una experiencia muy serena, saludable y que llenó mi alma. Me quedé 3 días, meditando y visitando los otros templos y monasterios llenos de misticismo. Shirahama Para descubrir la costa oriental de la región de Wakayama me aventuré con el tren hasta llegar a los famosos acantilados de Shirahama que brillan en el atardecer. Es una playa de arena blanca traída desde la barrera de coral de Australia, muy concurrida durante el verano. Las aguas termales brotan de la tierra y los onsen son famosos para curar y relajarse, la comida es exquisita y fue el momento de gozar del tiempo dadivoso y del bienestar, degustando el onsen y revitalizando el alma mientras el cuerpo se regeneraba. JAPÓN: CON CORAZÓN TRADICIONAL - galeria04_japon-1024x696 Himeji Con el tren, sufriendo unos cambios vertiginosos en Nagoya, la ciudad del futuro y del mundo al revés donde los edificios compiten en belleza o fealdad, alcancé la ciudad de Himeji, una ciudad moderna que guarda uno de los castillos antiguos, el más grande y mejor conservado de Japón. Nunca olvidaré esa impresión que tuve al descubrirlo de noche, anidado en la colina, con ese jardín de cerezos en flor a sus pies, la gente paseando, haciendo picnic o cantando como si fuese la fiesta de la eterna primavera, celebrando la belleza de esos árboles que ofrecían su mejor vestido al mundo. Al día siguiente, me emocioné al verlos a la luz del día, revestidos de flores bancas, el castillo lucía orgulloso sobre su colina, con sus edificios de piedra a sus pies, sus elegantes templos, unos jardines fastuosos donde las carpas koy animaban los estanques que reflejan, en sus aguas tranquilas, los pabellones. Me enamoré de Himeji, su carisma entre de las ramas cubiertas de  flores blancas y de la alegría de la gente que gozaba del espectáculo sin preocuparse del tiempo. Miyajima El tren bala me llevó a Hiroshima y un tren de suburbio me dejó en el embarcadero donde tomé el ferry para cruzar a la isla de Miyajima, la isla encantada de Japón. Me quedé atónito frente a la estupenda puerta anaranjada que se reflejaba en el mar a marea alta, una de las vistas más famosas del país, tesoro del planeta. Mientras la luz del sol desaparecía y la puerta alumbrada se hundía en el olvido, me instalé en el elegante ryokan Iwaso junto al río que corre desde la montaña, con sus elegantes cuartos y su delicada comida. El pueblo es un verdadero jardín de cuento, con sus calles muy animadas por las tiendas de recuerdos, de pasteles de maple, de restaurantes, en medio de los jardines que adornan los templos, entre la montaña y el mar. Los venados iban y venían como si fuesen los únicos habitantes y el templo frente a la puerta está montado sobre pilotes que viven al ritmos de la mareas. Era una vida dulce como sus pastelitos, integrada al paisaje, donde sentía el descanso invadir mis venas  mientras meditaba. El teleférico me subió a la cima para admirar la vista y pase mi tiempo descubriendo las antiguas casas de madera, la puerta y la luz del día que jugaba con la marea, la gente recogía conchas a marea baja. Me sedujo Miyajima como un amante seduce a su nueva conquista y disfruté los días de calma. JAPÓN: CON CORAZÓN TRADICIONAL - galeria05_japon-1024x696 Hiroshima Ferry y tranvía me llevaron al centro de Hiroshima, una nueva ciudad de bellas avenidas y modernos edificios, que ha renacido de sus cenizas después de la bomba atómica. El edificio que sobrevivió la bomba marca ahora el memorial. Impresiona, desafía el mal sabor que dejó la estupidez del hombre y después de tanta meditación y onsen, no entendía cómo el ser humano pudo provocar un desastre tan grande e impresionante. Tsuwano El tren bala y luego el tren de campiña me llevaron a Tsuwano, el pueblo más sorprendente y encantador del país. Sus callejones están adornados por canales donde corre el agua del río y habitan las más bellas carpas coy que he visto en mi recorrido. Las casas son de madera, surgidas de otros tiempos y renté una bicicleta para recorrer el pueblo y llegar hasta el templo que domina en medio del bosque de pinos. Recorriendo el campo podía ver como la gente vivía a gusto en sus humildes casa, me hacía amigos de ellos, comía en los restaurante donde los dueños y yo no podíamos comunicarnos a través del idioma pero nos reíamos juntos. ¡Qué lugar más hermoso y saludable, sano para el alma y lleno de hermosura para los ojos! De regreso en Tokio, gocé de nuevo de su vida temulenta. Estaba fascinado por Japón, la gentileza de su gente y la limpieza de sus calles, donde ni un papel ni una colilla logré encontrar. Vagabundeaba en los recuerdos, contaba a mi alma la suavidad de mis recuerdos y me enfrentaba a la sabiduría del budismo que me llevaba a meditar. Estaba feliz, conquistado y listo para contar cuanto disfruté Japón a quién quisiera escuchar.