
El cineasta mexicano creció rodeado de historias. Desde temprana edad entendió que narrar no solo era parte de su entorno cotidiano, sino también una forma posible de habitar el mundo y construir un camino profesional. Esa conexión con los relatos marcó su interés constante por encontrar proyectos, imágenes y procesos creativos en los que pudiera involucrarse por completo.
Dentro de su trabajo, la estética nunca se separa de la narrativa. Cada decisión visual surge de lo que la historia necesita transmitir, incluso cuando eso implica incomodar, generar tensión o mostrarse desde un lugar más áspero. En ese sentido, la fotografía ocupa un lugar profundamente personal: funciona como un ejercicio de introspección desde el cual explora obsesiones, preguntas e intereses que más tarde se transforman en nuevas ideas y proyectos.



Esa exploración visual también se fortalece a través de la colaboración que mantiene con su hermana, Mariana Arriaga. Entre ambos, la fotografía se convierte en un lenguaje compartido que acompaña su vida cotidiana y su manera de crear juntos. En la imagen fija desaparecen las jerarquías y estructuras propias de una producción cinematográfica, dando espacio a una conversación más íntima y sensible.
Para Santiago, fotografía y cine forman parte de una misma visión. A través de la cámara entiende cómo funcionan los encuadres, qué emociones puede provocar un plano abierto o uno cerrado y cómo cada elección visual transforma la experiencia narrativa. Ese aprendizaje atraviesa directamente su manera de dirigir y producir.
Más que disciplinas separadas, cine y fotografía dialogan constantemente entre sí y se alimentan mutuamente. Lo que permanece en ambos formatos es una fidelidad clara a sus obsesiones, a su sensibilidad y a una coherencia creativa que se mantiene intacta sin importar el medio.







































