Hay una silla que lleva más de setenta años en las mejores terrazas del mundo. No tiene firma visible, no salió de un estudio de diseño en Milán ni de un taller en Copenhague. Nació anónimamente en las costas de Guerrero, con estructura de metal y un tejido hecho a mano en colores que parecen capturar el sol del Pacífico. La silla Acapulco ha estado en ferias de diseño en Nueva York, Berlín y Tokio. Hoy aparece en las páginas de los mejores editores de interiores del mundo. Y sin embargo, en México la ocupamos sin saber muy bien lo que tenemos.

El diseño mexicano suele estar en una constante conversación entre lo que somos y lo que el mundo percibe de nosotros desde afuera.

Lo que el MoMA guarda de México

En 2024, el Museo de Arte Moderno de Nueva York presentó Crafting Modernity: Design in Latin America, 1940–1980, una de las exposiciones más importantes dedicadas al diseño latinoamericano en la historia de esa institución. Entre las piezas más celebradas: el Butaque de Clara Porset, una silla de madera laminada y mimbre tejido diseñada en 1957 que hoy forma parte de la colección permanente del MoMA.

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Butaque de Clara Porset, Wikimedia Commons

Porset — mexicana nacida en Cuba — es una de las diez diseñadoras que las curadoras de la exposición destacaron como figuras cuyo trabajo radical revolucionó la forma en que experimentamos el diseño en nuestras vidas. Su filosofía era clara: el diseño moderno no tenía que importarse de Europa. Podía — y debía — nacer del material, del clima, del cuerpo y de la cultura propias.

El Butaque lo demuestra. Es una pieza que dialoga con la tradición del asiento indígena, reinterpretada con rigor moderno y construida con técnicas locales. Tiene setenta años y su vigencia es incuestionable.

Del equipal a Pedro Ramírez Vázquez: la línea que no se rompe

Antes de que existiera el diseño industrial como disciplina, México ya producía objetos de una sofisticación formal notable. El equipal — mueble prehispánico de cuero y madera — es considerado uno de los ejemplos más puros de diseño vernáculo mexicano: sencillo en sus materiales, perfecto en su ergonomía, y vigente hasta hoy en talleres de artistas e intelectuales.

No es casualidad que Pedro Ramírez Vázquez, uno de los arquitectos más influyentes del siglo XX mexicano, haya vuelto al equipal cuando diseñó su propia reinterpretación para la colección que hoy documenta el proyecto Clásicos Mexicanos. Su silla es una reinterpretación de las formas del equipal tradicional que utiliza soluciones estructurales del diseño popular — como el apoyo en un único medio círculo a manera de pie — combinadas con un lenguaje formal moderno.

Esa tensión — entre lo ancestral y lo contemporáneo, entre el taller artesanal y el estudio de arquitectura — es precisamente lo que hace al diseño mexicano difícil de clasificar y fácil de desear.

El problema de la visibilidad

Cuando Álvaro Rego, director del Museo Mexicano de Diseño, visitó el museo Vitra en Alemania — que alberga la colección de diseño industrial y muebles más importante del mundo — encontró que las creaciones mexicanas estaban completamente ausentes. Eso fue hace poco más de una década. Su respuesta fue organizar la exposición MxSillas, que convocó más de 480 propuestas de toda la República y buscó designar una pieza mexicana como embajadora ante Vitra.

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Exhibición MxSillas, foto: Mumedi

El episodio dice algo importante: el problema no es la calidad del diseño mexicano. Es su visibilidad — y, sobre todo, su autoconciencia. México ha producido objetos extraordinarios que el mundo colecciona, replica y exhibe. Lo que falta es la narrativa que los una.

Lo que está pasando ahora

La conversación contemporánea es igualmente rica. Marcas como Mexa trabajan a partir de los archivos originales de Clara Porset en colaboración con la UNAM, reproduciendo piezas bajo licencia con materiales actualizados pero respetando las técnicas de tejido originales de los años cincuenta. No es nostalgia — es investigación aplicada.

Al mismo tiempo, una nueva generación de diseñadores mexicanos — Emiliano Godoy, Héctor Esrawe, el colectivo en torno a la galería Mexa — está produciendo piezas que circulan en ferias internacionales de diseño y entran al radar del coleccionismo global. La silla Mestiza, inspirada en el equipal y descrita por sus creadores como la evocación de la fusión entre la cultura indígena y la española, es hoy el best seller de su línea — un objeto que narra historia a través de su forma.

¿Qué queda para el coleccionista?

La pregunta que debería hacerse el lector no es si el diseño mexicano merece estar en los museos del mundo. Eso ya está resuelto — está ahí. La pregunta es si está en tu casa, y si sabes lo que significa.

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Oscar Hagerman, Sillas de México, cortesía de Kurimanzutto, 2018

La silla Acapulco en tu terraza. El equipal en la esquina del estudio. La pieza de Porset que alguien compró en los años sesenta. El diseño mexicano lleva décadas viviendo entre nosotros sin que le hayamos puesto el nombre correcto.

Quizás es momento de hacerlo.